Durante siglos nos han vendido una idea casi religiosa: la
democracia es el mejor sistema posible (o el menos peor). Punto. No se discute. Es como la
gravedad o el café en la mañana. Pero si uno rasca un poco la superficie,
descubre que la cosa es bastante más incómoda.
Hace más de 2.300 años, Platón ya estaba levantando la ceja.
En The Republic, escribió algo que hoy todavía incomoda: gobernar
requiere conocimiento. Y entonces lanzó una pregunta bastante peligrosa: si
para arreglar una tubería buscamos a un plomero competente, ¿por qué para
gobernar un país aceptamos que decida cualquiera que haya visto tres memes
políticos y un debate en TikTok?
Platón había visto el desastre de la política en Atenas tras
la guerra del Peloponeso. Y vio algo aún peor: la democracia condenó a muerte a
su maestro, Sócrates. Desde entonces sospechó que la opinión de la mayoría
no siempre es sinónimo de sabiduría.
Su diagnóstico fue brutal. La democracia tiende a producir
tres cosas: votantes poco informados, políticos expertos en manipular emociones
y una libertad tan mal entendida que termina generando caos. Y cuando el caos
llega, aparece el salvador de turno. El líder “carismático”. La “seguridad
democrática”, “el gobierno del cambio”, etc.
En su esquema de degeneración política la cosa iba así:
aristocracia, timocracia, oligarquía, democracia… y finalmente tiranía. Un
descenso elegante hacia el desastre.
Claro, Platón tenía un problema: su solución era el famoso filósofo-rey.
Suena hermoso… hasta que uno pregunta quién decide quién es el filósofo y quién
es sólo otro iluminado con complejo de mesías.
Hoy algunos pensadores como Jason Brennan han revivido ideas
similares bajo el concepto de epistocracia: dar más peso político a
quienes realmente entienden cómo funciona el mundo. Sí lo sé, no se me ocurre
nadie, al menos no en Colombia.
Tal vez la salida no sea abandonar la democracia, sino domesticarla:
elecciones libres, sí, pero combinadas con meritocracia técnica, instituciones
fuertes, tribunales independientes y ciudadanos participando en deliberaciones
reales. Sí lo sé, no veo un sistema educativo que propenda por ello.
Porque la verdad incómoda es esta: la democracia no
garantiza buenos gobiernos.
Solo reduce la probabilidad de que los idiotas duren
demasiado tiempo en el poder. Y eso ya es bastante.
