¿Son impresiones mías o la universidad, la academia -en general- se ha convertido en un laberinto de manuales de procedimiento, un ejército de auditores internos y un decanato más preocupado por el "CUMPLIMIENTO" que por el CONOCIMIENTO?
Llámenme orate, pero siento que hemos permitido
que los estándares de calidad diseñados para optimizar la producción de tornillos
y software—como la omnipresente ISO 9001—se trasladen sin criterio a la
formación de SERES HUMANOS. Este es un secuestro corporativo ¿Producimos
Saber o Cumplimiento?
Las certificaciones son, por naturaleza, sistemas
de gestión. Prometen eficiencia, reducción de errores y satisfacción del
"cliente". Su lengua franca es la del proceso, el diagrama de flujo y
la evidencia documental. En lugar de discutir la filosofía de Kant o el futuro
de la bioética, le estamos dedicando miles de horas-personas y presupuestos
astronómicos a Rellenar la Casilla de "Evidencia": ¿Cómo
"evidencias" que un estudiante ha alcanzado la madurez cultural o la
agudeza crítica, la proficiencia de una segunda lengua? Lo reduces a una
rúbrica, un formulario y una estadística de "Satisfacción
Estudiantil" o una prueba estandarizada. Todo se pierde en el checklist.
Estamos más preocupados por las auditorías permanentes
que por la innovación pedagógica y la didáctica. El vicerrectorado
académico muta en un Risk Management Office. El foco ya no está en
contratar al mejor filólogo, sino al técnico que sepa interpretar la NTC 5555 y
evitar una "No Conformidad Mayor" en la próxima visita. La pedagogía
se arrodilla ante la burocracia.
Cuando el Manual de Calidad pesa más que
el Proyecto Educativo Institucional (PEI), hemos cruzado el punto de no
retorno. Ya no somos un faro de conocimiento; somos una fábrica de
certificados con licencia para educar. Estamos sometidos a la Tiranía de la
Métrica. Lo Holístico no es tan relevante; nos pagan para cumplir horarios
estrictos, por ocupar un espacio en una oficina. Por cierto, un estudio indica que el
85% de los “líderes” admite que el modelo híbrido de trabajo ha
dificultado la confianza en la productividad, sugiriendo que el problema
no es de rendimiento real, sino de la obsesión de la gerencia por el control
y la visibilidad (justo el punto que critica la Canvas sobre la
"auditoría").
Así las cosas, la formación holística, cultural y
espiritual es, por definición, difusa, compleja e intangible. Su valor
se mide en la capacidad de tu cliente potencial para enfrentarse a la
incertidumbre, para ser un ciudadano ético y para encontrar sentido más allá
del cheque de pago.
Pero qué pasaría si yo planteo la posibilidad de
una formación más holística… Los certificadores me preguntarán: “¿Cuál es el indicador de desempeño (KPI) para la 'Formación Espiritual'?” “¿Cómo, estimado profesor, se documenta el ‘impacto cultural’ en la
Tasa de Graduación?” “¿Qué evidencia objetiva tenemos de la 'madurez
ética'?”
Como estas variables no son fáciles de medir,
estandarizar o auditar, la solución institucional es la más cobarde: minimizar
su peso curricular.
Se priorizan los programas de alto rendimiento en
empleabilidad inmediata, los soft skills empresariales y las
competencias técnicas específicas (que sí pueden validarse con una norma
sectorial). Las humanidades, las artes, la filosofía, todo lo que te hace un
ser humano completo y no solo un engranaje productivo, es reducido a un crédito
optativo o peor aún, a un mero epígrafe en el PEI que nadie audita con rigor.
La certificación no mide lo bien que educas; mide
lo bien que documentas que dices haber educado.
Pero evaluemos la pertinencia: Una norma técnica
para un laboratorio de ingeniería, que garantiza el calibrado de equipos
(ISO/IEC 17025), es pertinente para la seguridad y la calidad técnica.
El traslado de un modelo de gestión de riesgos
empresariales a la labor del docente, pidiéndole documentar cada interacción y
cada diseño de clase como si fuera un proceso fabril, es totalmente
impertinente para la formación holística. Estamos obsesionados en demostrar
a un tercero que tenemos procedimientos, en lugar de invertir ese
esfuerzo en el único producto real que promete: la transformación del
estudiante.
La educación es un acto de fe, de riesgo intelectual y de crecimiento intangible. Al someterla al yugo de la norma técnica, la hemos desinfectado de todo riesgo, de toda pasión y de toda humanidad. El resultado es un graduado técnicamente apto, pero culturalmente desarmado.
Ahora sí que me van a echar... Bueno, que fluya lo que tenga que fluyar.

