Hubo un tiempo en que ser un niño que miraba fijamente una
mosca mientras el profesor explicaba el trinomio cuadrado perfecto era,
simplemente, ser un niño aburrido. Hoy, ese mismo niño corre el riesgo de ser
escoltado por una legión de siglas clínicas que intentan explicar por qué su
lóbulo frontal decidió, orgánicamente, entrar en huelga de brazos caídos frente
a lo inútil.
Hemos delegado tanto poder en la ciencia que le permitimos
algo peligroso: dibujar la frontera de lo normal. La psicología y la
psiquiatría se han convertido en las nuevas cartógrafas del espíritu,
decidiendo dónde termina la personalidad y dónde empieza el
"trastorno". Y en ese mapa, cualquier desviación de la norma
productiva, esa que exige memorizar sin sentido y competir sin propósito, es
marcada con una cruz roja de diagnóstico.
Si en mi época de estudiante el sistema hubiera contado con
el arsenal de etiquetas que tiene hoy, yo habría sido, sin duda, un caso de
estudio para el TDAH. Pero visto desde la distancia que da la sospecha, ¿no es
el TDAH la respuesta más funcional de un cerebro sano ante un entorno
patológicamente aburrido?
El sistema educativo insiste en "inocularnos"
contenidos contra nuestra voluntad, como si el conocimiento fuera una vacuna y
no un banquete. Cualquier mente con un mínimo de instinto de supervivencia
cerraría sus puertas ante lo que considera irrelevante. Lo que la industria
llama "falta de atención", yo prefiero llamarlo "preservación
de la imaginación". Quizás no es que el niño no pueda concentrarse; es
que se niega a concentrarse en idioteces repetitivas.
Aquí es donde mi duda se vuelve más oscura y, por ende, más
necesaria. Si la ciencia es la religión moderna, el diagnóstico es su liturgia.
Nos han enseñado a confiar en estudios financiados por la misma industria que
luego nos vende la "cura", creando verdades inamovibles que duran
exactamente lo que tarda en aparecer un nuevo fármaco o una nueva hipótesis de
mercado.
Me pregunto, con la irreverencia de quien no tiene que
publicar en una revista indexada: ¿Cuántos casos de lo que hoy llamamos autismo
son, en realidad, una forma de alienación del espíritu humano? ¿Es
posible que estemos diagnosticando como "desconexión" lo que es
simplemente un rechazo orgánico a un mundo que ha dejado de tener sentido
emocional?
Quizás lo que llamamos trastorno es solo el alma intentando
protegerse de una realidad que exige uniformidad, eficiencia y una obediencia
que la creatividad no puede permitirse.
Lo fascinante de esta nueva fe es su fragilidad. Un
diagnóstico es una "verdad absoluta" hasta que otro estudio
—posiblemente financiado por la competencia— demuestra lo contrario. Vivimos en
el reino de la postergación de la duda, donde preferimos medicar la
incomodidad antes que cuestionar el sistema que la produce.
No busco establecer una nueva verdad; solo propongo
recuperar el derecho a no "tragar entero". A dudar de la etiqueta. A
sospechar de quien nos dice que nuestra imaginación es un error químico. Al
final, si la masa confía ciegamente en la industria, es porque la industria ha
pagado muy caro para que la duda sea vista como una enfermedad.
Tal vez el verdadero trastorno no es el que aparece en el
manual clínico, sino la incapacidad de ver que, a veces, estar "fuera de
lugar" es la única forma de mantenerse cuerdo.

