3/27/2026

CUANDO LA IMAGINACIÓN SE VOLVIÓ PATOLOGÍA

 


Hubo un tiempo en que ser un niño que miraba fijamente una mosca mientras el profesor explicaba el trinomio cuadrado perfecto era, simplemente, ser un niño aburrido. Hoy, ese mismo niño corre el riesgo de ser escoltado por una legión de siglas clínicas que intentan explicar por qué su lóbulo frontal decidió, orgánicamente, entrar en huelga de brazos caídos frente a lo inútil.

Hemos delegado tanto poder en la ciencia que le permitimos algo peligroso: dibujar la frontera de lo normal. La psicología y la psiquiatría se han convertido en las nuevas cartógrafas del espíritu, decidiendo dónde termina la personalidad y dónde empieza el "trastorno". Y en ese mapa, cualquier desviación de la norma productiva, esa que exige memorizar sin sentido y competir sin propósito, es marcada con una cruz roja de diagnóstico.

Si en mi época de estudiante el sistema hubiera contado con el arsenal de etiquetas que tiene hoy, yo habría sido, sin duda, un caso de estudio para el TDAH. Pero visto desde la distancia que da la sospecha, ¿no es el TDAH la respuesta más funcional de un cerebro sano ante un entorno patológicamente aburrido?

El sistema educativo insiste en "inocularnos" contenidos contra nuestra voluntad, como si el conocimiento fuera una vacuna y no un banquete. Cualquier mente con un mínimo de instinto de supervivencia cerraría sus puertas ante lo que considera irrelevante. Lo que la industria llama "falta de atención", yo prefiero llamarlo "preservación de la imaginación". Quizás no es que el niño no pueda concentrarse; es que se niega a concentrarse en idioteces repetitivas.

Aquí es donde mi duda se vuelve más oscura y, por ende, más necesaria. Si la ciencia es la religión moderna, el diagnóstico es su liturgia. Nos han enseñado a confiar en estudios financiados por la misma industria que luego nos vende la "cura", creando verdades inamovibles que duran exactamente lo que tarda en aparecer un nuevo fármaco o una nueva hipótesis de mercado.

Me pregunto, con la irreverencia de quien no tiene que publicar en una revista indexada: ¿Cuántos casos de lo que hoy llamamos autismo son, en realidad, una forma de alienación del espíritu humano? ¿Es posible que estemos diagnosticando como "desconexión" lo que es simplemente un rechazo orgánico a un mundo que ha dejado de tener sentido emocional?

Quizás lo que llamamos trastorno es solo el alma intentando protegerse de una realidad que exige uniformidad, eficiencia y una obediencia que la creatividad no puede permitirse.

Lo fascinante de esta nueva fe es su fragilidad. Un diagnóstico es una "verdad absoluta" hasta que otro estudio —posiblemente financiado por la competencia— demuestra lo contrario. Vivimos en el reino de la postergación de la duda, donde preferimos medicar la incomodidad antes que cuestionar el sistema que la produce.

No busco establecer una nueva verdad; solo propongo recuperar el derecho a no "tragar entero". A dudar de la etiqueta. A sospechar de quien nos dice que nuestra imaginación es un error químico. Al final, si la masa confía ciegamente en la industria, es porque la industria ha pagado muy caro para que la duda sea vista como una enfermedad.

Tal vez el verdadero trastorno no es el que aparece en el manual clínico, sino la incapacidad de ver que, a veces, estar "fuera de lugar" es la única forma de mantenerse cuerdo.


3/25/2026

LA ADUANA DE LA RISA



Parece que el humor, esa vieja herramienta de supervivencia que solía iluminar nuestras zonas más oscuras, ha tenido que pasar por el registro civil para obtener un visado de "corrección política". Hoy, la gracia de una broma ya no se mide por la agudeza del ingenio, sino por el código postal ideológico de quien recibe el dardo.

No nos confundamos: la empatía es un síntoma de evolución. Reconocer el peso de la historia sobre ciertos colectivos es un acto de higiene civil. El problema no es la sensibilidad, sino la arritmia moral. Es esa capacidad casi gimnástica de indignarse de forma selectiva, donde el humor es una herramienta de liberación si golpea al "enemigo" de turno, pero se convierte en un arma de destrucción masiva si roza, aunque sea por accidente, los dogmas de la agenda vigente.

Hemos construido una suerte de aduana moral donde el chiste es una mercancía peligrosa con aranceles variables. Si la sátira desmantela una tradición religiosa o ridiculiza un valor conservador, la risa es celebrada como un triunfo del pensamiento crítico. Pero si esa misma acidez se atreve a cuestionar las nuevas mitologías de la agenda global, el humor se transmuta instantáneamente en violencia.

Es fascinante observar esta elasticidad. Los mismos que defienden que "nada es sagrado" cuando se trata de lo que ellos detestan, son los que exigen sacralizar cada coma de su propio catecismo social. En esta nueva ética de bolsillo, la risa ya no es un acto de catarsis, sino una herramienta de validación de grupo. Reímos para demostrar que estamos en el bando "correcto", y nos escandalizamos para confirmar que nuestra brújula está calibrada según el último algoritmo de la virtud.

Lo que resulta verdaderamente oscuro es la condescendencia disfrazada de protección. Asumir que existen colectivos tan frágiles que no pueden sobrevivir a una metáfora es, en sí mismo, un acto de soberbia. El humor siempre ha sido el lenguaje de los que no tienen poder para señalar lo absurdo de la condición humana, incluida la de las minorías.

Cuando el humor debe pedir permiso a la agenda de turno para ser gracioso, deja de ser humor y se convierte en propaganda de baja intensidad. Se ha perdido la noción de que el chiste, por definición, es un desajuste, una ruptura de la norma. Si intentamos construir normas que no se pueden romper, terminamos viviendo en un simulacro donde nadie se atreve a reír, no por falta de ganas, sino por miedo a ser el próximo en la lista de los "moralmente impuros".

A quienes gestionan estas aduanas del pensamiento, habría que recordarles que la inconsistencia es el caldo de cultivo de la tiranía estética. No se trata de defender el derecho a la crueldad, sino de señalar la hipocresía de una moral que tiene filtros de belleza pero carece de espejo.

Al final, esa elasticidad que permite reír con un ojo y censurar con el otro es el chiste más amargo de todos. Porque el humor, cuando es honesto, no respeta jerarquías. Y si vamos a reírnos de la comedia de la vida, lo mínimo que nos exige la decencia es que el espejo nos refleje a todos, sin excepciones de cuota ni salvoconductos ideológicos.