Parece que el humor, esa vieja herramienta de supervivencia que solía iluminar nuestras zonas más oscuras, ha tenido que pasar por el registro civil para obtener un visado de "corrección política". Hoy, la gracia de una broma ya no se mide por la agudeza del ingenio, sino por el código postal ideológico de quien recibe el dardo.
No nos confundamos: la empatía es un síntoma de evolución. Reconocer el peso de la historia sobre ciertos colectivos es un acto de higiene civil. El problema no es la sensibilidad, sino la arritmia moral. Es esa capacidad casi gimnástica de indignarse de forma selectiva, donde el humor es una herramienta de liberación si golpea al "enemigo" de turno, pero se convierte en un arma de destrucción masiva si roza, aunque sea por accidente, los dogmas de la agenda vigente.
Hemos construido una suerte de aduana moral donde el chiste es una mercancía peligrosa con aranceles variables. Si la sátira desmantela una tradición religiosa o ridiculiza un valor conservador, la risa es celebrada como un triunfo del pensamiento crítico. Pero si esa misma acidez se atreve a cuestionar las nuevas mitologías de la agenda global, el humor se transmuta instantáneamente en violencia.
Es fascinante observar esta elasticidad. Los mismos que defienden que "nada es sagrado" cuando se trata de lo que ellos detestan, son los que exigen sacralizar cada coma de su propio catecismo social. En esta nueva ética de bolsillo, la risa ya no es un acto de catarsis, sino una herramienta de validación de grupo. Reímos para demostrar que estamos en el bando "correcto", y nos escandalizamos para confirmar que nuestra brújula está calibrada según el último algoritmo de la virtud.
Lo que resulta verdaderamente oscuro es la condescendencia disfrazada de protección. Asumir que existen colectivos tan frágiles que no pueden sobrevivir a una metáfora es, en sí mismo, un acto de soberbia. El humor siempre ha sido el lenguaje de los que no tienen poder para señalar lo absurdo de la condición humana, incluida la de las minorías.
Cuando el humor debe pedir permiso a la agenda de turno para ser gracioso, deja de ser humor y se convierte en propaganda de baja intensidad. Se ha perdido la noción de que el chiste, por definición, es un desajuste, una ruptura de la norma. Si intentamos construir normas que no se pueden romper, terminamos viviendo en un simulacro donde nadie se atreve a reír, no por falta de ganas, sino por miedo a ser el próximo en la lista de los "moralmente impuros".
A quienes gestionan estas aduanas del pensamiento, habría que recordarles que la inconsistencia es el caldo de cultivo de la tiranía estética. No se trata de defender el derecho a la crueldad, sino de señalar la hipocresía de una moral que tiene filtros de belleza pero carece de espejo.
Al final, esa elasticidad que permite reír con un ojo y censurar con el otro es el chiste más amargo de todos. Porque el humor, cuando es honesto, no respeta jerarquías. Y si vamos a reírnos de la comedia de la vida, lo mínimo que nos exige la decencia es que el espejo nos refleje a todos, sin excepciones de cuota ni salvoconductos ideológicos.

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