Existe una complacencia casi estética en creer que nuestras ideas son nuestras. Nos gusta imaginar la mente como un territorio virgen donde, tras años de lecturas y desvelos, hemos logrado plantar una bandera propia. Sin embargo, la ciencia y la filosofía contemporánea, con Byung-Chul Han como uno de sus observadores más agudos, sugieren algo mucho más impersonal y, quizás, más oscuro: somos un palimpsesto. Un pergamino donde miles de manos han escrito antes que nosotros.
De una conversación trivial sobre el "pecado" y la "subjetividad", surgió de nuevo esa muralla. Decimos "yo creo", "yo hablo desde mí", pero esa primera persona del singular es, estadísticamente, una multitud. Han, postula que habitamos un sistema que no necesita oprimirnos desde fuera porque ya lo ha hecho desde dentro; hemos internalizado el mundo de tal forma que nuestras convicciones más íntimas podrían ser solo el eco de estructuras ajenas. Pero, ¿qué pasa si esto no es solo una metáfora sociológica? ¿Qué pasa si nuestras ideas están, literalmente, codificadas en nuestra biología?
Aquí es donde la filosofía se encuentra con la epigenética. Durante décadas, creímos que el ADN era un plano estático, un destino inamovible. Hoy sabemos que el entorno y las experiencias de nuestros antepasados dejan marcas químicas en nuestro genoma. No cambian la secuencia de las letras, pero sí deciden cuáles se leen y cuáles se silencian. Estudios en neurobiología y genética del comportamiento han observado cómo el estrés, los traumas o incluso ciertos patrones de aprendizaje de generaciones anteriores pueden predisponer nuestras respuestas ante la realidad.
Bajo esta luz, la "empatía natural" o la "selectividad" de la que hablamos no son solo elecciones conscientes, sino señales de un sistema que nos precede. Si un ancestro aprendió que la obediencia era sinónimo de supervivencia, esa "lección" puede viajar en el tiempo, no como un consejo, sino como una configuración biológica. Nuestras ideas "propias" podrían ser, en realidad, sedimentos de experiencias que nunca vivimos.
Esto nos sitúa en una posición incómoda. Si lo que consideramos nuestra "identidad" es un conjunto de lemas, postulados y miedos almacenados en el subconsciente y transmitidos a través del ADN, la libertad de pensamiento se vuelve un concepto difuso. No es que estemos "equivocados" al hablar desde nosotros mismos; es que ese "nosotros" es un archivo histórico que procesa datos de forma automática.
No pretendo decir que el libre albedrío sea una imposibilidad biológica total, pero sí que es mucho más estrecho de lo que nuestra vanidad intelectual nos permite admitir. Quizás, al final del día, lo que llamamos "tener una opinión" no es más que el acto de sintonizar una frecuencia que ya estaba grabada en la sangre mucho antes de que aprendiéramos a hablar.
Somos portadores de una memoria que no recordamos, repitiendo diálogos que no escribimos. Y en ese reconocimiento —el de aceptar que somos el eco de otros— es donde quizás, y solo quizás, empieza el verdadero ejercicio de la lucidez.

No hay comentarios:
Publicar un comentario