Cada año, el calendario nos arroja un día para "celebrar" al hombre. Y cada año, la respuesta suele ser una colección de gestos automáticos: una felicitación tibia, un recordatorio de la fuerza física o, en el mejor de los casos, un homenaje al "proveedor" silencioso. Pero si nos detenemos a observar la arquitectura de lo masculino, nos damos cuenta de que lo que hoy llamamos "tradición" es, en realidad, un recorte muy pobre de una historia mucho más vasta y salvaje.
Se nos ha dicho que ser hombre es ser de piedra. Que la fortaleza es el silencio y que el valor es una ecuación de dominio. Pero si excavamos en el subsuelo de nuestra especie, descubrimos que ese "hombre de hierro" es una invención reciente, una criatura diseñada por la fábrica y el cuartel del siglo XIX para ser eficiente, no para estar viva.
Antes de la línea de montaje, el hombre habitaba otros paisajes.
En la Prehistoria, ese ancestro que pintaba bisontes en las cuevas no era un solitario gruñón. Era un nodo de colaboración. Su supervivencia no dependía de imponerse sobre el otro, sino de una empatía casi animal con su grupo y su entorno. El "macho alfa" es un mito moderno; el hombre antiguo era un tejedor de vínculos, un ser que leía las señales del viento y que, sospecho, lloraba a sus muertos con una ritualidad que hoy nos parecería excesiva. Su fuerza no era la dureza, sino la pertenencia.
Luego llegó la Antigüedad. En Grecia, el hombre podía ser un guerrero formidable y, al mismo tiempo, desgarrarse en llanto frente al mar por la pérdida de un amigo. Aquiles no era menos hombre por su vulnerabilidad; su tragedia era su humanidad. No fue sino hasta Roma donde empezamos a confundir la virtud con la severidad. El gravitas romano nos heredó esa máscara de mármol que todavía llevamos puesta: la idea de que un hombre respetable es aquel que no se deja conmover.
Pasamos por el Medioevo, bifurcados entre el hierro del caballero y la pluma del monje, hasta que llegó la Revolución Industrial y nos terminó de romper. Ahí, el hombre dejó de ser un espíritu con historia para convertirse en una función económica. Se nos asignó el mundo público, el frío del metal y el silencio del deber, mientras dejamos la "gestión de las emociones" en manos de otros, como quien delega una tarea secundaria.
Hoy, cuando celebramos "ser hombre", solemos celebrar esa armadura que heredamos de la era de las máquinas. Una armadura que nos protege del mundo, sí, pero que también nos impide tocarlo.
Quizás el verdadero homenaje a nuestra masculinidad no sea reafirmar esa dureza que nos ha vuelto tan solitarios. Tal vez el camino sea volver a la fuente. Recordar que, antes de ser piezas de engranaje, fuimos seres de relámpago y de barro: capaces de proteger, pero también de cuidar; de callar para observar, pero también de hablar para sanar.
Repensar al hombre no es borrarlo. Es devolverle la complejidad que el tiempo le fue quitando. Es entender que nuestra mayor fortaleza no reside en la incapacidad de romperse, sino en la valentía de habitar todas las piezas de lo que somos.
Feliz día a los hombres que, en medio del ruido del mundo, todavía nos atrevemos a buscar nuestro verdadero origen.

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