Existe una tendencia arraigada en nuestra cultura a fragmentar la identidad humana como si fuera un conjunto de compartimentos estancos. Solemos escuchar frases como: "Es un mal compañero, pero un excelente padre", o "Lo que sucede entre adultos no tiene por qué afectar a los hijos". Esta visión choca frontalmente con la realidad de los sistemas biológicos y psicológicos.
Desde una perspectiva técnica, la familia no es un grupo de individuos independientes, sino un ecosistema de interdependencia emocional.
La creencia en la escisión del rol (ser uno en la esfera de pareja y otro en la paterna) es lo que en psicología podríamos llamar una falacia de compartimentación. Para un sistema nervioso en desarrollo, la seguridad no se construye únicamente a través del vínculo directo con el progenitor, sino a través de la coherencia del clima que ambos generan.
Cuando ocurre una desvalorización sostenida, manipulación o maltrato hacia la figura que ejerce el cuidado principal del niño, no estamos ante un "asunto de pareja"; estamos ante una alteración de la base de seguridad del menor. El niño no categoriza los conflictos por etiquetas; los absorbe como señales de estabilidad o de amenaza.
La alianza contra el otro progenitor, la descalificación pública de su autoridad, el control coercitivo o la indiferencia sistemática ante el sufrimiento del otro son formas de traición que desorganizan la comprensión del vínculo en el niño. Para el menor, la traición no es un tema de alcoba; es la percepción de que uno de sus pilares de protección está socavando activamente al otro.
La disonancia ocurre cuando el niño se ve obligado a amar y tomar como referente a alguien cuya conducta produce daño en su otra fuente esencial de cuidado. Esta fractura lógica obliga al cerebro infantil a "normalizar" la inconsistencia para preservar el vínculo, un patrón que suele comprometer la seguridad emocional en la vida adulta.
Si se contamina el agua de un ecosistema, no se puede esperar que los organismos que dependen de ella permanezcan ilesos. El análisis no se centra en el peso ético de la falta, sino en su capacidad de introducir caos en la estructura de apego.
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