4/11/2026

LA ILUSIÓN DE LA ESCISIÓN

 

Existe una tendencia arraigada en nuestra cultura a fragmentar la identidad humana como si fuera un conjunto de compartimentos estancos. Solemos escuchar frases como: "Es un mal compañero, pero un excelente padre", o "Lo que sucede entre adultos no tiene por qué afectar a los hijos". Esta visión choca frontalmente con la realidad de los sistemas biológicos y psicológicos.

Desde una perspectiva técnica, la familia no es un grupo de individuos independientes, sino un ecosistema de interdependencia emocional.

La creencia en la escisión del rol (ser uno en la esfera de pareja y otro en la paterna) es lo que en psicología podríamos llamar una falacia de compartimentación. Para un sistema nervioso en desarrollo, la seguridad no se construye únicamente a través del vínculo directo con el progenitor, sino a través de la coherencia del clima que ambos generan.

Cuando ocurre una desvalorización sostenida, manipulación o maltrato hacia la figura que ejerce el cuidado principal del niño, no estamos ante un "asunto de pareja"; estamos ante una alteración de la base de seguridad del menor. El niño no categoriza los conflictos por etiquetas; los absorbe como señales de estabilidad o de amenaza.

Es común asociar el concepto de "traición" casi exclusivamente con la infidelidad. Sin embargo, la evidencia empírica demuestra que existen múltiples conductas que operan como una traición a la lealtad sistémica y que impactan la psiquis infantil con la misma intensidad.

La alianza contra el otro progenitor, la descalificación pública de su autoridad, el control coercitivo o la indiferencia sistemática ante el sufrimiento del otro son formas de traición que desorganizan la comprensión del vínculo en el niño. Para el menor, la traición no es un tema de alcoba; es la percepción de que uno de sus pilares de protección está socavando activamente al otro.

Por otro lado, me parece muy importante mencionar que no todo conflicto resulta en un trauma irreversible; aquí entra en juego la resiliencia, esa capacidad variable de procesamiento ante la adversidad. Sin embargo, desde la gestión de riesgos, la exposición sostenida a esta disonancia emocional temprana incrementa significativamente la vulnerabilidad del menor.

La disonancia ocurre cuando el niño se ve obligado a amar y tomar como referente a alguien cuya conducta produce daño en su otra fuente esencial de cuidado. Esta fractura lógica obliga al cerebro infantil a "normalizar" la inconsistencia para preservar el vínculo, un patrón que suele comprometer la seguridad emocional en la vida adulta.

El enfoque sistémico es axiológicamente neutral. El daño no ocurre porque se rompa una norma moral, sino porque se rompe una ley de vasos comunicantes.

Si se contamina el agua de un ecosistema, no se puede esperar que los organismos que dependen de ella permanezcan ilesos. El análisis no se centra en el peso ético de la falta, sino en su capacidad de introducir caos en la estructura de apego.

Al final, la pregunta fundamental no debería ser sobre los derechos o libertades individuales, sino sobre la habitabilidad del entorno que estamos construyendo.


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